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Zona de asombro. En el Embudo se ven muelles y embarcaderos que dan a la tierra, lagunas enteras convertidas en charcos, peces muertos, fangos y canoas en lechos secos.
Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
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El Sahara del Paraná Viejo. La sequedad deja la arena con marcas que parecen óxido. Una mesa de madera que debería estar tapada de agua.
Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
El llamado Cañito, una entrada de agua que abastecía al Embudo, que fue dragado por la vecinal para hacer llegar el agua desde el río, se tapó y hoy es un sendero de tierra. Es más, el agua tendría que subir más de un metro para que vuelva a ser navegable.
La situación genera zozobra entre los habitantes, no sólo por la falta de peces para la subsistencia, sino también por la imposibilidad de poder transitar por vía fluvial y sobre todo por la misma provisión de agua para el consumo humano, que se torna cada vez más complicada.
Bajante histórica. Las islas están irreconocibles
Lo imborrable
“Tengo 49 años, viví toda la vida en la isla y nunca vi una cosa así”, cuenta Roberto Carrizo, un isleño que vive en la boca vieja del Embudo junto a Carina, su mujer, y los cuatro hijos de ella. Roberto trabaja haciendo mantenimiento en un terreno lindero al parador del Club Regatas, y cría animales de corral. Vive de eso y de lo que puede conseguir Carina con la pesca.
“El Paraná Viejo está seco, quedan pocitos de agua, y las Lechiguanas también. El Cañito se tapó de tierra, la única que queda es la laguna, que se está secando”, grafica. Y es como él dice. El Paraná Viejo se puede navegar a duras penas con embarcaciones de poca quilla desde el puente, y a unos tres mil metros se corta abruptamente. Lo demás es arena y barro, prácticamente hasta la boca de Los Marinos.
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Para el otro lado. Así se ve el paisaje del Paraná Viejo al girar 180 grados desde la foto de arriba.
Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
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Lecho peatonal. El cruce del Paraná Viejo, a pie de orilla a orilla.
Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
En el Embudo se vive un estado de desesperación. La falta de agua hace que tengan que hacer a pie recorridos enormes que antes podían hacer en embarcaciones. Incluso, ante una emergencia médica, están aislados, ya que no pueden llegar por agua al brazo principal del río y de ahí cruzar a Rosario.
Carina Carrizo cuenta que, aunque vive en la entrada vieja del Embudo, proveerse de agua es todo un tema, porque hay que “cargarla con baldes desde el río y traerla caminando. Es un tirón bastante largo, se hace todo a pulmón”.
Miriam Duré es directora de la escuela entrerriana N 45 Martín Jacobo Thomson, ubicada en el Embudo, en la isla La Invernada. La docente cuenta que la situación está “muy complicada” para los maestros, los chicos y los padres. La Thomson tiene 31 alumnos, entre ciclo inicial, primario y secundario. El plantel se completa con dos docentes más y una cocinera. quien ahora está trabajando en la entrega de los módulos alimenticios para los alumnos.
Cuenta la directora que, por la bajante del río, tuvo que llegar a un acuerdo para entregar los módulos de alimentos en dos puntos fijos: frente al puente Rosario-Victoria y en la vieja entrada del Embudo. Esto es así porque no se puede ingresar islas adentro por ningún curso de agua. Para colmo, cruzaba los alimentos desde el arroyo Ludueña, que hoy es lo más parecido a una cloaca, de modo que tuvo que hacerlo desde la guardería Botar (al lado de Rosario Central) con la ayuda de un ex alumno que la cruza.
El cañito
“Nuestra escuela quedó aislada. Desde que se tapó El Cañito no entra más agua al Embudo, que se convirtió en una lengua de agua turbia, barrosa. Tuvimos que extender cien metros más la toma de agua para poder abastecer la escuela con lo mínimo e indispensable”, relata la docente, casi con desesperación. Y abunda: “El Embudo se fue sedimentando. Llegó un momento que tenía que cruzar al parador de Regatas y cargar, mercadería, agua, gas y alimentos por tierra, para recién poder llegar a la laguna y seguir navegando”. Ahora ni siquiera eso, por lo que optó por establecer puntos fijos de abastecimiento.
Ahora, para llegar hasta la escuela, tiene que cruzar el río y caminar 40 minutos. “Y para llegar desde el lado del puente es más todavía”, aclara.
Diego Sotomayor tiene con su esposa Yanina un almacén en el Charigüé, que conecta el brazo Los Marinos con el Paraná Viejo. El negocio está unos 300 metros al sur de la escuela Nº 26 Leandro Alem, también de jurisdicción entrerriana, y a unos 700 metros al norte de la comisaría del paraje. Cuenta que la situación allí es “terrible”, no sólo por la falta de movilidad, sino porque el agua de la que se abastecen para el consumo está “descompuesta”.
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Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
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Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
El fin de las changas
Sotomayor asegura que “con mucha suerte, se puede llegar en una embarcación hasta la comisaría, si es que se llega”. En su recorrido en lancha, La Capital no pudo ingresar. El brazo de Las Lechiguanas ya no es navegable, y más al norte directamente está seco.
A esto se suma un problema de inseguridad. Los habitantes ya no saben dónde dejar sus embarcaciones, porque corren el riesgo de que las roben.
María Laura Savatier forma parte de la vecinal El Embudo, que impulsó en su momento el dragado del Cañito para poder entrar a la laguna. “Para navegar por el Cañito, yo necesito 80 centímetros de agua, imaginate, ahora el nivel está en 30 por debajo de cero, así que necesito que el río suba más de un metro para poder volver a circular por esa entrada”, relata. La vecina cuenta también que la bajante está generando un problema muy grave de sustentabilidad, no sólo para los pescadores, sino para los que cuidan y mantienen predios que hoy ni siquiera están siendo visitados por sus dueños. “En la isla se vive mucho de changas, pero no hay trabajo si no hay a quién hacérselas. Muchos de los que cuidan propiedades, hoy no están trabajando”, revela.
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Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
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Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
Juan Carlos Garate tiene 68 años, nació y se crió en la isla, donde aprendió mucho lo que es una economía de supervivencia. Siempre fue pescador, pero en épocas de poco pique supo cazar en Victoria, y hasta trabajar de albañil. Hoy, Garate es uno de los que está sufriendo una vez más una temporada de pesca complicada por la bajante del río. “No sale dorado, ni surubí ni boga; con suerte, se pesca algún sábalo”, comenta. Y asegura que “para todos los pescadores la cosa está muy complicada”.
Pero además, Juan Carlos advierte sobre otro problema que se está dando este verano, con temperaturas históricas. “Si vivís a más de 100 o 150 metros de donde crece el monte, te morís de calor, es insoportable la temperatura que hay en la isla”, afirma.
"Cuidado con las víboras"
Desde uno de los paradores que aún subsiste, Edgardo (no quiso dar su apellido), protestó: “Esto no se aguanta más, la bajante nos está destrozando, el calor es insoportable y las quemas no paran. Soy isleño de cuarta generación, nací en 1965; mi padre, en 1932, y mi abuelo en el siglo XIX. Todos nacidos y criados en la isla. Pero yo esto no lo había visto. Y con las quemas es peor. Por favor, que dejen de pensar tanto en las vacas y en la soja”.
Es que, como ya se sabe, el otro problema son los incendios. Si no hay cerca un curso o espejo de donde extraer el agua para extinguirlos, se vuelve cada ves más complicada la logística del combate.
Justo cuando está hablando, un grupo de muchachos que trabajan en la construcción de una casa, cruzan a pie lo que era el Embudo. Van cargados de implementos, algunos pesados, que tienen que cargar sobre los hombros o llevar a ruedas, siempre tirados por ellos. "En la laguna (por el Embudo) si tenés un metro de profundidad es con suerte", dice uno, mirando la ahora diminuta lengua de agua ya casi estancada.
Apenas llegan el periodista y los fotógrafos de La Capital, Edgardo les advierte: "Vayan mirando el suelo, cuidado con las víboras, a mí ya me picaron a varios perritos". Una advertencia para nada alentadora. De ahí en más, a mirar bien el suelo y no meterse en lugares peligrosos.
En la recorrida, La Capital pudo advertir un cambio de paisaje brusco en el humedal. Como se dijo, lagunas secas, brazos que ya no existen, un Paraná Viejo irreconocible, las Lechiguanas intransitable y el Charigüé inhabitable (y para colmo, con un conflicto entre vecinos porque uno cercó el camino de sirga y no deja transitar a los demás). Así las cosas, entre el calor, la ausencia de agua, los incendios, los brazos secos y la falta de sustento, el humedal se ha vuelto casi una postal desconocida.